Ventanas a nuestra realidad.


Nicolás Larussa
26/02/17

Una adolescente que es asesinada por sus compañeras, un exconvicto designado como presidente del Tribunal Supremo de Justicia, un esquiador que representa la capacidad de improvisación de nuestra república bananera. Todos estos acontecimientos pueden hacer dudar a cualquier ciudadano medianamente  cuerdo sobre la realidad en la que habita. Una realidad tan deformada que nos ha hecho perder la noción de normalidad.

Hace una semana era tendencia en las redes sociales la imagen de como en un hospital se estaba inyectando Kolita a un paciente ya que el respectivo insumo para ese procedimiento brillaba por su ausencia en el recinto médico. Quizás esto tenga un lado positivo, hemos podido ver como otra vez los profesionales de la salud no conciben las limitaciones prácticas del contexto en el que trabajan.

En un geriátrico ubicado en la avenida Nevería en Colinas de Bello Monte, un paciente psiquiátrico en un episodio golpeo a su vecino de cuarto hasta que este último falleció. En el anuncio del periódico se podía ver la imagen del homicida, un hombre de aproximadamente 50 años, en cuclillas mirando a la nada. En este caso hay más de una víctima, hay por lo menos dos. El fallecido y el agresor que lo fue por no haber tenido su respectiva medicación. La mayor carga de responsabilidad cae en el gobierno; sin embargo, la institución no logra salir ilesa de esta aberración. Las condiciones son paupérrimas pero con empeño y orden cualquier adversidad puede mejorar considerablemente. Quizás que controles apliquen para poder tratar a los huéspedes.

La tragedia griega que supone la inalcanzable y extenuante búsqueda de medicamentos en Venezuela ha sido una de las pruebas más rudas a las que nos hemos tenido que someter. Es terrorífico buscar medicinas para el área cardiaca, psiquiátrica, oncológica y pare usted de contarlas. Antes de entrar a cualquier farmacia para preguntar por un medicamento ya sabemos cuál será la respuesta: No nos ha llegado. (Si es que se atreven a mediar palabras contigo, hay casos donde todo se resume a un simple gesto con la cabeza).

Desde hace un tiempo se han conocido varios casos de mujeres venezolanas que deben hacer el trabajo más antiguo del mundo en Cúcuta por las serias dificultades que supone vivir en Venezuela con un sueldo mínimo. Se sabe de casos que les mienten a la familia y con el dinero costean tratamientos médicos e inclusive la educación de sus hijos. Son reconocidas por su pronunciación, aunque algunas admiten tener problemas con las trabajadoras autóctonas de la región al ser las primeras de las más agraciadas en el negocio.


Quizás estos sean historias y datos lanzados a la nada pero tristemente tienen una conexión que deriva en las precarias condiciones de vida en las que estamos viviendo, muy irreales pero muy dañinas para una generación que se está gestando. También resulta una seria dificultad para poder organizarnos como ciudadanos, tener tantos frentes abiertos y contemplar nuestra diminutez ante la inacción provoca que veamos al país como un cuarto del terror, que el último apague la luz es una premisa muy repetida y lastimosamente no hay indicios de que esté errada. 

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